Friday, 23 November 2007

A Signature's Power.



Gracias por el vídeo, Dédalus.

Y a todos los que seguís pasando, GRACIAS simplemente por estar ahí.
Sigo aquí, pero no sigo. Espero volver de verdad lo antes posible.

Besazos.

Friday, 2 November 2007

Some Years Ago... in 1983...

¿Y se marchó sin más?
No, no, encontramos una nota en su escritorio.
¿Qué era lo que decía, Alfredo?
La tengo aquí... Espera que te la leo...


Suele ocurrirme a menudo que me invade un deseo de moverme deprisa. Hacia adelante o hacia atrás en el tiempo, volver al pasado o ir al futuro, no importa. La razón es no querer vivir el presente. Muy poca gente, mejor dicho, nadie de mi entorno comprende lo que siento y eso me produce una terrible sensación de soledad y debilidad.

Sin embargo, la realidad es que no nos queda más remedio que vivir lo que nos toca. Salvando las dificultades que se van presentando lo mejor posible. Podemos centrarnos y superarlas, o podemos rendirnos. Ahora ya sé lo que tengo que hacer.



¿Crees que se ha ido... en fin... para siempre?
Hmm... No, no lo creo.




Perdonad que no visite mucho vuestros blogs y que no conteste a vuestros comentarios desde hace bastantes días, pero ando liada y me temo que va para largo.

¿Me disculpáis y me cuidáis esto mientras?

Thursday, 1 November 2007

Waiting to Live.





Hija, hoy que cumples 24 años voy a contarte una pequeña historia que me contaron a mí cuando los cumplí. Una historia bella, misteriosa, atemporal y, sobre todo, real.

Cuentan que hubo una vez una chica joven e inocente, cuando las chicas jóvenes aún eran inocentes, que deseaba con todas sus fuerzas conocer el mundo. No sólo visitarlo como se hace ahora, para posar y sacarse la foto para poder decir a los amigos "mira, yo estuve allí". No. Ella quería vivir los lugares, el día a día con la gente, ser uno más durante un tiempo indefinido, empaparse y finalmente, más que viajar a otro destino, emigrar.

Aún no contaba con los recursos que necesitaba, pero ya tenía pensado cuál sería su primera parada y cómo iría hasta allí cuando le conoció. Fue una mañana transparente de jueves como hoy, en un último paseo por el muelle de la ciudad que la vio nacer. Se cruzaron sus miradas un instante y se perdieron de vista.
Sin embargo, esa sensación a un tiempo de calor y frío que la inundó cuando sintió sus ojos, dejó paso a una ansiedad desconocida. Necesitaba volver a verle aunque sólo fuese una vez, y ese deseo le provocaba tal angustia, que no le quedó más remedio que intentar encontrarle al día siguiente.

Nada más salir el sol, se dirigió de nuevo hacia el muelle esperando verle. Allí estaba.
Su presencia no pasó desapercibida para él, que también guardaba la esperanza de verla de nuevo. Tras unos tímidos pasos, se encontraron paseando juntos con el titubeo que da el no conocerse y con el valor que da la curiosidad y el interés correspondido. Charlaron hasta el amanecer. Él era marino y se marcharía en unos meses empleado en un barco de transporte de mercancías con rumbo a Manila, ella era escritora y se marcharía también casi a la vez a las Antillas. Decidieron sin quererlo pasar juntos el tiempo que les restaba en tierra firme.

Aquellos meses fueron los mejores de sus vidas. Se conocieron y se amaron profundamente. Con ternura, con pasión, con caricias, con sudor, con entrega y con la inconsciencia que dan el enamoramiento y la juventud. Se dieron el uno al otro cada vez como si fuese la última, saboreando la piel, cada minuto, los labios, la respiración. Se unieron de una manera tan fuerte y tan intensa que cuando llegó el momento de separarse no fueron capaces de hacerlo. Tuvieron la sensación de que si se separaban entonces, si viajaban cada uno a un extremo del mundo, sus vidas tomarían rumbos tan distintos que jamás volverían a verse.

"Tengo una idea", dijo él. "Esperemos a mi regreso. No tardaré mucho en volver y nos iremos juntos. Una vez juntos, podemos instalarnos donde tú quieras". A ella no le pareció mala solución y aceptó la propuesta. En unos meses estarían en el Caribe disfrutando el uno del otro. "Cuando llegue al puerto, amarraré una bandera roja al palo mayor para que sepas que soy yo, que he vuelto, y tú llevarás una pañoleta roja para que desde muy lejos, sepa que eres tú. Nos reconoceremos incluso antes de vernos".

Pensando en el regreso, ninguno de ellos cayó en la cuenta de la espera del reencuentro. La soledad, la lentitud del paso de las horas, la dificultad de la comunicación cuando una de las partes se encuentra en alta mar, la angustia por la ausencia de noticias. Eran detalles en principio sin importancia, pero que según pasaron los días se fueron haciendo cada vez más presentes.

Cada mañana muy temprano, con una pañoleta roja atada en el pelo, iba al muelle y pasaba el día entero allí, esperando ver ondear una bandera roja en lo alto de un mástil. Un día tras otro hasta que llegó un momento en el que no dejó el muelle ante la posibilidad de que el regreso se produjera de noche. Era tal el ansia por volver a verle que no pensaba en nada más. No se le ocurrió pensar que no importaba si ella estaba o no, de día o de noche, en el muelle pues él iría a buscarla allá donde estuviera.

Los meses pasaban despacio, rutinarios, tediosos y eternos hasta que un día recibió carta suya. Le contó en ella que el viaje de vuelta era inminente. Había llegado a puerto sin problema y se disponía a emprender el camino de regreso. En tres meses estaría con ella.
Sin embargo, pasaron 3 días más de la fecha límite que él mismo le fijó sin recibir noticia. 7 días, 8 días, 9, 10, 11, 12... 32, 33, 34, 35... 54, 55, 56, 57... Cada día acudía a su cita en la orilla del mar desde el cuarto que se había buscado en el muelle. Allí, sentada, de pie, paseante por la arena, tocada con su pañoleta, anhelaba ver aquella bandera roja que le quitaba el sueño.

Pero nunca llegó. Esperó toda su vida en aquel muelle. No cumplió su sueño, no conoció mundo como ella quería haberlo hecho, no se movió de su ciudad natal, ni siquiera se alejó de la orilla del mar más que para dormir en una solitaria habitación. Jamás supo que sus sueños, sus planes, sus deseos y sus futuros se habían hundido sin remedio. Jamás supo que el barco naufragó a causa de un huracán el mismo día en que él envió su carta porque jamás se movió de la vista de aquel horizonte. Jamás supo que aquella sensación, que aquella punzada que sintió advirtiéndole de que si se separaban tomarían rumbos tan distintos que jamás volverían a verse, era real.

Algunos viejos marinos dicen que todavía, en las mañanas brumosas ven una figura de mujer arreglada con un pañuelo rojo en la cabeza mirando al horizonte, esperando ver un barco con bandera roja que nunca llegará.